El levante y el poniente son los dos vientos más preponderantes en mi tierra natal. Por un lado, el levante trae calor y mala leche. El poniente, fresquito y una rebequita.
La ministra de Igualdad se pondrá muy contenta de saber que en Cádiz (me imagino que lo sabrá, vamos) se puede hablar del LEVANTE o LA LEVANTERA (según Pedro M. Payán en EL HABLA DE CÁDIZ. Quorum Libros Editores. 6ª ed. 1993, "Levantera: intensidad moderada del viento de Levante").
Y este viento tan peculiar, hace que perdamos el coco, la chaveta, la chorla, con relativa facilidad. En Cádiz al parecer, todo el año sopla el levante, porque no nos enteramos de ná, como dirían esos "enteraos" del Selu, valga la redundancia.
En esta bendita tierra, nos comen la merienda pero, insisto, el viento de levante nos nubla la visión.
Me ha llegado hoy un correo electrógeno muy gracioso. Es un powerpoint con todos los enchufes alevines, de un partido político afincado años ha, en Andalucía.
Andalucía, para que lo entendáis, es su cortijo y ellos, los señoritos.
Pues bien me he quedado flipado viendo los currículums de esos chicos y chicas de mi edad, prácticamente, que con ayuda de un empujoncito del viento de levante, han ascendido escaños y peldaños, hasta llegar a puestos de cierta importancia en el Gobierno Autonómico.
Son esas cosas tan simpáticas que hacen que sonría y menee la cabeza cuando escucho a mi pueblo clamar que "Cádiz es de izquierdas". Pues muy bien. Ya veis, queridos paisanos, que mientras vosotros proclamáis vuestra aversión al pepeísmo de la Teo, vuestros hermanos de partido, se reparten cargos entre sus jóvenes hijos, mientras un montón de gaditanos están desperdigados de Nueva Zelanda a Fernando Po.
"Y como a mí todo me da igual, me colocó de Ministra de Igualdad"... No os perdáis esta chirigota de Cádiz llamada "Semana Cultural Versalles-Viña" y el repasito que le dan a doña Bibiana. Un pelotazo.
El video, bajado de YouTube, pertenece a www.muchocarnaval.com.
sábado, 28 de marzo de 2009
martes, 24 de marzo de 2009
El viaje de tu vida
En esta vida hay muchos viajes.
Para empezar, el que te regalan tus padres, cuando tú, siendo un vulgar espermatozoide, viajas hasta el útero para encontrarte con tu otro "yo", el óvulo.
Luego, están los viajes de fin de curso del colegio o el primer viaje en tren o en avión. O la primera vez que viajas en coche.
O el primer viaje que haces con tu pareja, a un destino romántico, dígase París, por ejemplo.
Y el viaje de la luna de miel, a un lugar exótico, recién casados.
Luego están los viajes de los amigos de toda la vida, que una vez al año se juntan y organizan un fantástico tour por España y Portugal.
Y el viaje con tus hijos a Disneyland o a Las Canteras de Puerto Real.
Probablemente algún día te despidas de tu hijo y te toque llevarle al aeropuerto porque de viaje se va, buscando curro a otra ciudad.
Para ir acabando, el penúltimo viaje. Ese que nos conduce a lo desconocido, de donde nadie vuelve. Al cielo si eres bueno, al infierno si malvado fuiste.
Y ya el último. El viaje que muchos no hacen porque no quieren o no pueden decidir. Un viaje que es casi tanto o más fascinante que el primero que he relatado.

Un viaje a distintos lugares en el mismo tiempo. A distintas personas en la misma noche. Estoy hablando de la donación y el trasplante de nuestros órganos, puesto que anoche mismo pude asomarme a uno de ellos. Es el viaje de un hígado, un corazón, unos pulmones, unas córneas, un intestino o unos huesos. Un viaje esperanzador.
Resulta curioso combinar en el mismo espacio y tiempo, dolor y esperanza. Donde unos sufren y lloran, otros lloran y esperan. Donde un niño aparentemente se acaba, otro niño comienza. Y todo esto gracias a la maquinaria de las unidades de trasplantes. Cirujanos y enfermeros que se ponen en marcha, viniendo desde diversos lugares, en avionetas, para recoger, mimar y viajar con el órgano deseado hasta el lecho de sus pacientes.
Es el mejor viaje que podemos hacer. El mejor viaje que podemos regalar. En una misma noche, una o varias personas pueden seguir viajando gracias a ti. Y eso, amigos míos, no tiene precio.
jueves, 19 de marzo de 2009
El Oscuro Poniente de Cádiz
Tumbado sobre la cubierta de la pequeña embarcación, notaba sobre su espalda el dulce golpe de las olas contra la quilla. Minúsculas, milimétricas, gotitas de agua del mar iban salpicando su cara y su pecho, refrescándolos. Su tez morena y su barba de muchos días, tenía el salitre reseco en la superficie. Hannón era un hombre de unos cuarenta años, con pelo castaño corto y una musculatura descomunal para la baja altura que poseía. Sus compañeros de embarcación se reían de él, a menudo, debido a ser el capitán de navío más bajo que existía en todo Tiro. Pero le respetaban y temían como a una vara verde.
Alguien gritó una orden y la embarcación viró al unísono unos veinte grados a estribor. El viento soplaba a su favor. Melkart había sido generoso con ellos porque habían hecho un sacrificio con palomas en la costa africana, durante unos días antes.
No era un secreto para nadie, el hecho de estar surcando unas aguas desconocidas. Aguas en las que nadie se había atrevido a navegar. Monstruos marinos y el fin del mundo amenazaban con recortar sus vidas más de lo normal.
Pero Hannón era un jefe con dos cojones. Nadie ni nada le hacían temblar.
- El mar, aunque hagas las cosas bien, siempre te acaba comiendo - solía decirle a sus marineros.
Siguieron adelante porque, entre otras cosas, había pasta de por medio. El faraón Necao había prometido un buen pellizco si lograban encontrar Tartessos, la tierra donde el oro y la plata no tenían fin.
El viento había cambiado, y eso hizo presagiar a Hennón que pronto deberían tomar tierra para no tener que navegar de noche, puesto que en esa época del año no era peligroso la navegación diurna, en unas aguas tan poco transitadas.
De repente, Eleazar, uno de sus marineros más jóvenes, gritó algo ininteligible. Eleazar vigilaba la proa y todo lo que hubiera flotando o a lo lejos. Al repetir el grito, ya logró entender lo que decía. Tierra. A la vista.
Efectivamente, a lo lejos, una bruma negruzca, azulona oscura, que a cualquier humano le hubieran parecido nubarrones muy bajitos, a Eleazar (que tenía un olfato marino fuera de lo normal), le pareció, directamente tierra. Manda huevos.
Hannón fue hasta la proa, mientras gritaba a los remeros, dos filas de veinticinco a cada lado de la pentecontera, que fueran dejando los remos tranquilamente.
No se distinguía bien esa supuesta tierra que el niñato de Eleazar había gritado a los cuatro vientos. Pero, diablos, probablemente lo fuera.
Se fueron acercando durante cuarenta largos minutos hasta una distancia de unos doscientos metros de la playa. Una playa vacía, desierta. El sol estaba ya casi al nivel del mar y empezaba a refrescar la tarde.
En un pequeño bote, llegaron a la playa y vieron que era de una arena exquisitamente blanca y fina. El azul del cielo era ligeramente diferente al que había visto en toda su vida de marinero. Y las aguas, también. Resplandecían con el brillo de los últimos rayos de sol.
Se sorprendió a sí mismo, sonriendo. Entornó los ojos, miro a izquierda y derecha, y a nadie vio en aquellas tierras lejanas. De repente, pensó en construir allí su recinto amurallado. Sí, aquella tierra tan bella, sería su resguardo. Gadir. Recinto amurallado.
En medio de la playa, rodeado de cuatro hombres, con los pies firmes en el suelo, miró al cielo y empezó a sentir que el viento había cambiado. Ahora soplaba, para él, el oscuro poniente de Gadir.
Tumba fenicia en la Ciudad de Kerkouane, con un fresco en su interior que representa una ciudad amurallada, que es justo lo que significa Gadir.
(tomado del blog: www.herakles-melkart.blogspot.com)
Alguien gritó una orden y la embarcación viró al unísono unos veinte grados a estribor. El viento soplaba a su favor. Melkart había sido generoso con ellos porque habían hecho un sacrificio con palomas en la costa africana, durante unos días antes.
No era un secreto para nadie, el hecho de estar surcando unas aguas desconocidas. Aguas en las que nadie se había atrevido a navegar. Monstruos marinos y el fin del mundo amenazaban con recortar sus vidas más de lo normal.
Pero Hannón era un jefe con dos cojones. Nadie ni nada le hacían temblar.
- El mar, aunque hagas las cosas bien, siempre te acaba comiendo - solía decirle a sus marineros.
Siguieron adelante porque, entre otras cosas, había pasta de por medio. El faraón Necao había prometido un buen pellizco si lograban encontrar Tartessos, la tierra donde el oro y la plata no tenían fin.
El viento había cambiado, y eso hizo presagiar a Hennón que pronto deberían tomar tierra para no tener que navegar de noche, puesto que en esa época del año no era peligroso la navegación diurna, en unas aguas tan poco transitadas.
De repente, Eleazar, uno de sus marineros más jóvenes, gritó algo ininteligible. Eleazar vigilaba la proa y todo lo que hubiera flotando o a lo lejos. Al repetir el grito, ya logró entender lo que decía. Tierra. A la vista.
Efectivamente, a lo lejos, una bruma negruzca, azulona oscura, que a cualquier humano le hubieran parecido nubarrones muy bajitos, a Eleazar (que tenía un olfato marino fuera de lo normal), le pareció, directamente tierra. Manda huevos.
Hannón fue hasta la proa, mientras gritaba a los remeros, dos filas de veinticinco a cada lado de la pentecontera, que fueran dejando los remos tranquilamente.
No se distinguía bien esa supuesta tierra que el niñato de Eleazar había gritado a los cuatro vientos. Pero, diablos, probablemente lo fuera.
Se fueron acercando durante cuarenta largos minutos hasta una distancia de unos doscientos metros de la playa. Una playa vacía, desierta. El sol estaba ya casi al nivel del mar y empezaba a refrescar la tarde.
En un pequeño bote, llegaron a la playa y vieron que era de una arena exquisitamente blanca y fina. El azul del cielo era ligeramente diferente al que había visto en toda su vida de marinero. Y las aguas, también. Resplandecían con el brillo de los últimos rayos de sol.
Se sorprendió a sí mismo, sonriendo. Entornó los ojos, miro a izquierda y derecha, y a nadie vio en aquellas tierras lejanas. De repente, pensó en construir allí su recinto amurallado. Sí, aquella tierra tan bella, sería su resguardo. Gadir. Recinto amurallado.
En medio de la playa, rodeado de cuatro hombres, con los pies firmes en el suelo, miró al cielo y empezó a sentir que el viento había cambiado. Ahora soplaba, para él, el oscuro poniente de Gadir.

Tumba fenicia en la Ciudad de Kerkouane, con un fresco en su interior que representa una ciudad amurallada, que es justo lo que significa Gadir.
(tomado del blog: www.herakles-melkart.blogspot.com)
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